Por Suso Velo, responsable de proyectos en 21gramos.
Llevamos décadas acostumbrados a medir el éxito con las reglas rígidas de la productividad, el sacrificio y el reconocimiento. Parecía que todo eso era lo único que importaba mientras que los medios para justificar ese fin pasaban a un segundo plano cuando lo importante era llegar a algo. Y precisamente hay algo que está cambiando: las generaciones más jóvenes están moviendo las fichas del tablero con una mirada completamente divergente que, de primeras, nos desconcierta a quienes crecimos creyendo que el éxito era cuestión de escalar una cima y llegar, sí o sí, el primero.
El ejemplo perfecto lo encontramos en el tenista Carlos Alcaraz, joven número uno del tenis español (al que, inevitablemente, no dejan de comparar con Rafa Nadal) y protagonista de A mi manera, el documental recientemente estrenado por Netflix que ahonda, precisamente, en esa tendencia contra la que lucha el joven palmareño: creer -y esperar- que un atleta de élite solo se forja dejando de lado todo lo demás a una edad temprana, convirtiéndose en un niño prodigio y viviendo solo para ello.
No se trata de ser conformista. En palabras del propio Alcaraz, él quiere ser «el mejor jugador de la historia», pero no a cualquier precio. En la pantalla, confiesa que ha tenido que parar en varias ocasiones, que ha aprendido a escucharse y ha comprendido que no se puede vivir por y para competir. Para él, aquello de «se me va la vida en ello» ha dejado de tener sentido. Y lo dice con esa mezcla de vulnerabilidad asumida, cero filtros y mucha convicción propias de su generación, a la que tantas veces hemos leído mal.
Porque los zetas han sido a menudo incomprendidos por reescribir sus prioridades, por no mostrar interés en lo que hasta ahora había sido relevante para el resto. Se les ha tachado de ninis, desinteresados, ofendidos, impacientes, volubles, huidizos e irresponsables por su pensamiento out of the box, esa divergencia mental que hace que se resistan a ver las cosas de la manera en que se les ha enseñado.
Y los hemos traducido mal: no es que la generación zeta no tenga ambición, es que no la sitúa donde solíamos hacerlo. Si nos detenemos un momento, sin prejuicio, sin la urgencia de corregirles, descubrimos que en lugar de tratarse de una falta de compromiso es un nuevo tipo: una promesa con ellos mismos, con el tiempo, con la vida, con el planeta. Se sienten implicados en su presente y su futuro (cada vez más incierto), y eso les hace priorizar su bienestar.
El tiempo, un recurso no renovable
La generación zeta está más desvinculada que nunca del trabajo porque no le ofrece flexibilidad ni bienestar emocional. Esta es una tendencia que no se observaba desde 2007, antes de la gran crisis económica. Así lo demuestra la encuesta que Gallup realiza anualmente a decenas de miles de trabajadores en Estados Unidos.
Hay otro fenómeno aún más interesante: hartos de trabajos que no les aportan optan por convertirse en sus propios jefes, se están convirtiendo en una de las generaciones más emprendedoras hasta la fecha. Ocho de cada diez quieren tener su propia empresa en el futuro porque valoran ser dueños de su tiempo, un recurso no renovable.
Y por eso tampoco van a pedir permiso para priorizar su salud mental o dar explicaciones sobre por qué abandonar una carrera prometedora que pone en riesgo su bienestar. Buscan trabajos que les permitan vivir, no sobrevivir. Y si eso implica decir no a ciertas oportunidades, lo hacen sin remordimientos.
La suya es una generación que quiere construir, pero a su manera; estar en el terreno de juego, pero con sus reglas. Tienen, además, una alergia feroz a lo impostado: no soportan el paternalismo, ni los tonos forzados que algunas marcas adoptan para intentar conectar con ellos, porque huelen el artificio a kilómetros y lo rechazan.
Lo que buscan es coherencia, que lo que eres y lo que vendes coincidan y que no hables de sostenibilidad mientras produces sin control. Por eso, el resto necesitamos hacer un esfuerzo para entender por qué consideran que las reglas, tal y como están planteadas ahora mismo, sin duda son para romperlas. O lo hacemos o perdemos todo tipo de conexión con ellos.
Personalmente, como milennial, debo decir que les admiro bastante. No por todo, claro -cada generación tiene sus sombras-, pero sí por cómo tienen interiorizado que decir «no» es una forma de cuidarse. Que no hay que esperar a estar quemado para parar ni demostrar nada para ser suficiente.
Eso los hace más libres, y no hay rebeldía más incómoda que la de aquel que vive con tranquilidad. Ya lo dijo el recién fallecido Pepe Mujica, ex presidente de Uruguay: «Vos sos libre cuando hacés con tu vida lo que a vos se te antoja, que de repente es boludear. ¿Entendiste? Porque la cultura es hija del boludeo» .
Quizá es de ahí de donde nace esa incomprensión de quienes ya han cumplido más años. A fin de cuentas, ver como otros ponen por delante lo que nosotros creímos que era mejor sacrificar es un espejo bastante realista y, por ende, incómodo. Nos toca aprender sin tener que estar de acuerdo (y eso no es fácil), porque no se trata de tener razón, sino de admitir que en este conflicto generacional no estamos para dar lecciones, sino para escuchar las de otros.

